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¿Alguna vez me has mentido?
MensajePublicado: Mie Mar 12, 2008 6:08 pm Responder citando
Ari
Hormiga Mafiosa
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Mensajes: 2552
Ubicación: Buscando a alguien que me diga donde estoy, porque creo que me he perdido






Hacía años que no se habían visto, alrededor de unos siete. Todo había sido simple curiosidad, o tal vez no... sonrió al recordar cómo se precipitó todo. Por aquel entonces ambos contaban dieciséis años como mucho, habían estado juntos desde pequeños, pero después de aquel día… no había vuelto a verle hasta ese momento.

Se quedó de pie frente a la enorme ventana de aquella cafetería, ¿cuántas veces en su vida había estado sentada en esas sillas? Demasiadas para recordarlas todas, sentenció, y dio un par de largas y nerviosas caladas a su cigarrillo antes de tirarlo al suelo y apagarlo con la punta de los botines.
Sin embargo se quedó en la misma posición, recordando.

Desde que había vuelto a la ciudad no paraban de acosarla los recuerdos… aunque en realidad ese día jamás lo había olvidado.

Diego era su mejor amigo desde que ambos podían recordar, sus madres siempre decían que habían aprendido a andar y a hablar juntos, incluso. Siempre se lo habían contado todo, y se habían ayudado mutuamente en todo lo posible. El problema había comenzado con ese “todo lo posible”, que se traducía con el nombre de Marta. Podría decirse que había sido amor a primera vista para Diego cuando todos tenían los crueles quince años de edad. Vanessa había sonreído, creyendo que era un cuelgue sin importancia, y que su amigo reaccionaría al poco, pero por el contrario, ocurrieron dos cosas: en primer lugar, Vanessa había conseguido la amistad de Marta en poco tiempo, no eran inseparables como Diego y la propia Vanessa, pero sí confiaban mucho la una en la otra y prácticamente pasaban el día juntas, por lo que a los pocos meses, los tres habían comenzado a salir juntos como grupo, anteriormente formado por Vanessa y Diego, y en ese momento con Marta, y su hermano Miguel, un año mayor que el resto; lo segundo, fue que a Diego no se le olvidó el cuelgue por Marta, y le pidió a Vanessa ayuda para comenzar a salir con ella. La chica, por supuesto, no pudo quejarse, y a los dos meses Diego y Marta habían pasado a ser una pareja ejemplar.

Por su lado, Vanessa había cambiado radicalmente desde que Diego y Marta comenzaron a salir; su habitual sonrisa había mermado, cambió de estilo de ropa, de música, trataba de deshacerse de todo lo que le recordaba a su mejor amigo y a su novia, trataba de ser invisible a los ojos de todo el mundo, y al principio el único que pareció notarlo fue Miguel.

Este último fue quien se le acercó un día, con una sonrisa calmada. “¿Te gusta mi hermana Marta?” le había preguntado sin rodeos, tras unos minutos en silencio uno junto a la otra. “¿Cómo?” se había sorprendido ella “¿Gustarme Marta?” Miguel la sonrió gentilmente “Se comenta mucho. Jamás se te ha visto con ningún chico, salvo con Diego, pero se refieren a pareja. Y desde que Diego y Marta comenzaron a salir…”
Vanessa comenzó a entender, y se levantó de golpe, soltando un bofetón a Miguel por sus insinuaciones. “No me gusta tu hermana, Miguel… pero tú no podrías entender en años qué es lo que ocurre”

Los siguientes tres meses fueron mucho peor para Vanessa; ella y Diego se llevaban apenas una semana de diferencia de edad, Marta también cumplía los años por esas fechas, dos días antes que Diego, y lejos de ocurrírseles celebrar todos un cumpleaños conjunto, como había propuesto Vanessa para pasar el menor tiempo posible con ellos, decidieron crear la “Semana Fantástica”; todos los días iban juntos al instituto, salían y comían juntos después de él, y el fin de semana durmieron los cuatro juntos; desde el cumpleaños de Marta hasta el último, el de Vanessa, que era la que menos interés tenía en toda esa parafernalia que habían decidido montar. La verdad es que tenía otras cosas en las que pensar, como por ejemplo los estúpidos rumores que habían surgido en toda la ciudad, que no era muy grande, sobre su orientación sexual, rumores totalmente falsos, y por otro lado, Marta no paraba de llorarla en el hombro, ajena a todo lo que había cambiado exteriormente su amiga, contándole todos los problema que tenía con Diego, que al parecer habían comenzado a la semana de estar juntos, aunque casi llevaban saliendo un año.

Entre unas cosas y otras, un día llegó a su casa demasiado enfadada, como si una parte de sí misma estuviese harta de la situación mientras el resto del cuerpo se conformaba con lo que había, y comenzó a destrozar toda la casa, comenzando por su habitación, rompió libros, escribió casi completamente las paredes de frases incoherentes, rasgó todos los espejos de la casa y arrancó todas las fotografías en las que aparecía ella, Marta o Diego, y finalmente, lanzó todo lo que pilló a su encuentro en el salón, bajo la mirada severa y callada de su madre, que, cuando vio que su hija se dejaba caer por fin en el suelo rendida, llorando por todos los meses que deseaba haberlo hecho, la abrazó con fuerza, y dijo dos simples palabras. “Nos vamos”. Dos únicas palabras que causaron dos sentimientos contrarios en Vanessa; por un lado se sintió terriblemente reconfortada, pero por otro lloró más, por tener que separarse de todo lo que la rodeaba, sobre todo de algo en particular…

En pocos días más de una semana, su familia ya había encontrado casa lejos de aquel sitio, había empaquetado todo, y habían avisado a sus seres cercanos de sus intenciones de cambiar de hogar.
Casi todos, pues Vanessa no había dicho nada a sus amigos, y no se habrían enterado de su marcha hasta tiempo después de no ser por Nieves, la hermana mayor de Diego, que se había enterado por la madre de la propia Vanessa.

La noche antes de salir, Vanessa sintió en su ventana pequeños golpes de piedras diminutas, el modo que tenía Diego de avisarla de que había ido a verla; y suspirando resignada, creyendo que tendría charla sobre la feliz pareja hasta el día de su marcha, se calzó unas deportivas y salió al patio, sin un solo ruido ni ver a nadie, subiendo hasta la rama más oculta del almendro. “Qué ocurre, Diego” preguntó, sin tono ni expresión alguna. “¿Por qué no me dijiste que te vas?” le espetó él con rabia, y cuando Vanessa levantó los ojos, sorprendida porque su amigo se había enterado, pudo ver que él trataba de contener las lágrimas. “Yo… no…” comenzó a decir ella, pero Diego no la dejó hablar. “¡Somos amigos! Algo así debías de contármelo, ¡Vamos a separarnos, ¿No te das cuenta?!” Vanessa suspiró lentamente, bajando la mirada. “Ya estamos separados, Diego, hemos estado casi un año entero separados, no me necesitas, tienes a Marta…” la frase debió de enfadar a Diego, pues se olvidó de bajar el tono de voz para que nadie supiese de su presencia. “¡Marta me da igual! ¡Simplemente era un capricho tonto! Nunca me gustó en serio… Vanessa, escúchame”, con naturalidad y rapidez, se colocó junto a la chica, tratando de encontrar su mirada. “Vanessa, mírame… No quiero a Marta, nunca lo hice, porque siempre, y sigo que siempre, desde pequeños… Pero tú nunca te dabas cuenta, y pensé finalmente que lo hacías a propósito, que tú no… Vanessa, ¡Te quiero, joder!”
La chica abrió mucho los ojos, apretando la mandíbula, y se puso terriblemente rígida, faltaban menos de doce horas para irse definitivamente de aquel lugar, y seguramente jamás volvería a ver a Diego… “Yo a ti no”, dijo con los ojos cerrados, y el tono más frío posible, “No te quiero Diego, tú simplemente eres mi amigo, mi mejor amigo, pero nada más”.
Saltó desde la rama del árbol, y se fue corriendo, temiendo derrumbarse frente al chico.

A la mañana siguiente, Marta y Miguel fueron a despedirla, ni rastro de Diego, y Vanessa temió echarse a llorar, pero supo disimular frente a sus otros amigos; tampoco había hablado con ellos mucho tiempo, y cuando pudo darse cuenta, estaba sentada en el asiento trasero del coche, con la mirada perdida en el paisaje del camino.
Se había mudado, no había marcha atrás de nada lo que había ocurrido, y se prometió vivir bien allí, feliz como cualquier otra persona para no preocupar a su madre.

En parte lo había hecho, había estudiado una carrera, se había creado algunas amistades, aunque nada comparado a lo de Diego, salían juntos los fines de semana, y había tenido algún que otro novio, aunque ninguno había superado la semana. En los siete años que había estado fuera, jamás había pisado su antigua ciudad, los dos primeros años, cuando era menor de edad, su madre lo prohibió, y después ella tenía demasiado miedo de darse de bruces contra el pasado; hasta que unas semanas atrás se había encontrado por la calle con Miguel, entonces decidió volver… volver a ver a Diego.
En cuanto llegó a su casa, llamó a la casa de su amigo, se lo sabía de memoria, a pesar del tiempo pasado, y la madre de su amigo le comunicó que obviamente, Diego se había mudado hacía un tiempo, pero le facilitó el número de teléfono. Vanessa llamó a Diego, y quedaron para un par de semanas después, en la cafetería y los asientos de siempre.

Y allí estaba… inundada de recuerdos, mirándose las puntas de los pies, y rápidamente miró hacia el reloj, faltaban un par de minutos, pero Vanessa sabía que Diego siempre llegaba antes… a no ser que hubiese cambiado las costumbres a su marcha. No se paró a pensar en el aspecto que debía de tener ella mirándose los pies, embobada y recordando, ya que poca gente podría haberla visto; y entró en la cafetería tratando de aparentar serenidad.

Al andar lo vio, y sus peores temores se disiparon. Diego no había cambiado nada, bueno, tenía los rasgos más adultos, pero era tal y como ella se lo había imaginado siempre de adulto; tampoco había olvidado un solo rasgo de su rostro, en especial sus ojos, Vanessa había temido porque no recordaba el color de los ojos del chico, y en todos sus recuerdos, Diego tenía todos los colores posibles en unos solos ojos, que mostraban un color indescriptible; pero sonrió al recordar que no recordaba el color de ojos de Diego porque jamás había sabido de qué color eran, pues eran todos y ninguno a la vez.

Al acercarse, se saludaron con dos besos, y se sentaron uno frente al otro, terriblemente nerviosos, nervios que pasaron en cuanto Luis, el dueño de la cafetería, los reconoció, y sin preguntarles siquiera, les sirvió “lo de siempre”, con una sonrisa y un brillo especial en los ojos; a lo que Diego y Vanessa respondieron con una carcajada.
-Reíros lo que queráis, pero desde que han abierto esa discoteca infernal unas calles más abajo, ya veis como está la cafetería, no me hizo ninguna gracia perder a mis mejores clientes.

Pronto se pusieron al día en sus vidas; Diego vivía a quince minutos andando de la casa de Vanessa, también se había sacado una carrera universitaria, y ni estaba comprometido ni había tenido novias serias después de cortar con Marta la misma mañana que Vanessa se fue; cosa que sorprendió a Vanessa, pero no comentó nada.

Antes de que pudiesen darse cuenta, estaban haciendo las mismas cosas que cuando tenían dieciséis años, los mismos gestos y miradas, que no se habían debilitado con el tiempo.
-Hagamos algo- propuso Diego.- ¿Recuerdas aquel juego que hacíamos mucho…?
-¿La pregunta sincera?- inquirió Vanessa con una sonrisa ante el asentimiento de Diego.
-Ese mismo, sí… venga, comienza tú.
Vanessa sonrió, pensando y mirando a la bebida tratando de buscar inspiración, quitando de su cabeza varias veces preguntas sobre el día en que Diego se le había declarado.

-Vale, ya sé… ¿Alguna vez me has mentido?
Diego pensó unos segundos.
-No. Jamás lo hice, por la única vez que… bueno, después te dije la verdad
Vanessa asintió, mirando la bebida burbujeante tranquilamente.
-¿Y tú? ¿Alguna vez me mentiste? Recuerda que estás obligada a responder la verdad…

Vanessa tragó saliva, y se secó el repentino sudor de las manos en el pantalón, frotándose las piernas.
-Yo sí, una sola vez- sentenció para sorpresa de su amigo Diego.
-¿Cuándo?

La chica volvió a tensarse, palpando el asiento para buscar su bolso, y lo agarró fuertemente, sacando disimuladamente el dinero de su consumición, y soltó un suspiro, mirando fijamente a los ojos a Diego.
-Cuando te dije que yo no te quería. Te mentí, ya ves… Mira, todo esto ha sido un error… He de irme.

En una fracción de segundo había soltado el dinero sobre la mesa, puesto de pie y girado sobre sí misma para marcharse, pero alguien la retuvo de un brazo, y cuando se giró, vio a Diego mirándola fijamente, sujetándola con mano firme por la muñeca, y de un suave tirón la atrajo hacia sí, abrazándola con fuerza.
-No vuelvas a marcharte, por favor…- pidió en un susurro él, y ella bajó finalmente la guardia, correspondiendo al abrazo.
-No lo haré, lo prometo- contestó en el mismo tono, y Diego la separó un poco de él, y sin dejar de mirarla a los ojos, selló la promesa de no volver a separarse con un beso, el mismo beso que se debían desde hacía más de siete años.

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Te quiero


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